Para quienes por ignorancia o por ocultamiento interesado, no conozcan la historia de esta región, bastaría hacerles un rápido recorrido por la memoria histórica del conflicto armado en el Huila y enterarlos de la crudeza de la confrontación en nuestro territorio: El aterrizaje forzado de un avión y secuestro del entonces senador Gechen, el asalto al edificio Miraflores en pleno centro de Neiva y el secuestro de cinco de sus moradores entre los que se encontraban Gloria Polanco y sus hijos, las detenciones masivas en el municipio de Algeciras, la muerte de los concejales del municipio de Rivera, el secuestro del entonces concejal Armando Acuña, el asesinato del exgobernador Jaime Lozada, la desaparición, muerte y destierro de cerca de ciento cincuenta militantes de la Unión Patriótica en el Huila, el secuestro de Consuelo González, las ejecuciones extrajudiciales, de las cuales el Huila ocupa el vergonzoso segundo lugar a nivel nacional, la muerte de los niños policías en Algeciras y tantos casos que no por menos espectaculares dejan de ser execrables.

Hechos que fueron disminuyendo, desde el 23 de febrero del 2012 cuando se iniciaron conversaciones confidenciales para la negociación del conflicto y que paulatinamente han desaparecido desde el 26 de agosto del mismo año, fecha de iniciación de los diálogos. Son cuatro años y aunque ya pocos dudan de las enormes ventajas de poner fin al conflicto, coros en contra se siguen escuchando.

La llegada del “Paisa” a La Habana, aunque parezca increíble, es un gesto de paz, que contraría a quienes dijeron que éste no se acogería a la negociación y afirmaron que lideraría una banda de criminales o una disidencia. Su reconocimiento a la Jurisdicción Especial para la Paz, acordada en La Habana, es un mentís a esas especulaciones.

Ya quisiéramos ver a los victimarios de las fuerzas armadas, de las empresas, de los ganaderos, terratenientes, de todas las guerrillas, que han ejercido la violencia, sometidos a esta Justicia Transicional para poner fin al conflicto, porque hay que recordar que ésta es para todos los participantes del conflicto armado interno y no sólo para las FARC.

“El paisa” es un personaje de la tierrita, no fabricado en el exterior que como muchos muchachos colombianos no pudo terminar el bachillerato, nacido en un barrio popular en donde todo se niega. Se le ha querido ver como una rueda suelta, jefe de una gran banda delincuencial, disidente o narcotraficante y no como un guerrero que disciplinadamente se somete a lo que su Estado Mayor acuerda en La Habana. Fácil es demonizar a unos para ocultar la responsabilidad de otros.

Un país mediático que ha fabricado ídolos y demonios, fetiches y fantoches, ídolos con pies de barro que se aprovechan de la ingenuidad de los huilenses, requiere remover los odios que generó el conflicto, porque secuestros, masacres, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, muchos enterrados en fosas comunes, no pueden volver a repetirse.

 


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